
Cuando decide por primera vez que la ama, lo entusiasma su conversación optimista, efervescente. Incluso su temeridad lo intriga y le inspira una admiración inusitada, renuente. Las extravagancias de ella lo hacen sonreir, y sus errores lo hacen reír indulgentemente. Después, perversamente, intenta transmutar su personalidad confiada, optimista, en otra más convencional y aceptable. Pero ella no se deja moldear.
Cuando ella decide por primera vez que lo ama, se siente muy impresionada por su aura fuerte y silenciosa de poder. Ésta la desconcierta y la excita. Su paciencia y mansedumbre son un bálsamo para las emociones enmarañadas de ella, y su corazón late más deprisa con sólo imaginar lo que será compartir una relacion íntima, cotidiana, con este hombre afable, silenciosamente alegre, prudente y equilibrado. Entonces ella empieza a sentirse sofocada por todo esto, y trata de inducirlo a arrojar la cautela por la borda. Le hace señas y lo invita a correr con ella en pos de quimeras, a retozar por aromáticos campos de trébol bajo la lluvia estival... circunstancia ésta en la cual descubrirá que él ha traído el paraguas consigo.
El no entiende por qué ella se divierte tanto montada en un eterno tiovivo. Éste le produce vértigo y nada más. Pero a ella le gusta la música del organillo y la forma en que el viento le agita el cabello.
Ella se preguntará por qué él mantiene el corazón encerrado en un lugar hermético. Él le explicará que es sólo por razones de seguridad. Pero en un corazón no hay nada para robar. Sólo hay cosas para Dar.
Cuando este hombre y esta mujer se separan, es posible que el eco de la música que antaño escucharon juntos los persiga y les recuerde que quizá no perseveraron bastante. Es posible que él no deje entrever la pena que experimenta por haberla perdido, pero las aguas corren a mucha profundidad, y la amargura de la Tierra corre a más profundidad aún. Ella llorará desconsoladamente durante muchos días, ciñéndose a su propia pauta emocional fogosa, pero poco a poco lo olvidará, aunque tal vez siga contemplando el amanecer pensativamente durante muchos años. Ella no le dirá cuánto sufre por dentro... ¿para qué?. Es tan frío e indiferente, y apenas la saluda cuando se cruzan en la calle... como aquella vez en la esquina, cuando el tráfico urbano era tan compacto y bullicioso que sólo pudieron intercambiar un ademán. Él ni siquiera sonrió, posiblemente él piensa cosas que ella sospecha, quiza palabras como éstas...
¿ Cuántos años tengo? Tendré 92 la próxima Navidad
aunque no confieso ni un día por encima de los 20...
incluso después de cortadas y barajadas todas las tarjetas de
cumpleaños
es difícil calcular.
He envejecido por lo menos 500 años desde que tropecé contigo;
sin embargo sigo creyendo en cuentos de hadas
como el de la Princesa y la Rana
y aún creo que me deseabas...
¿acaso tengo más o menos tres años?
nunca sabrás... cuántos años tengo
pero igualmente te diré
que nací a la hora en que te conocí... y he muerto hoy.
Por supuesto, ella no oye las palabras que el corazón de él le recita silenciosamente, Ella rumia sus propios pensamientos, recuerda aquello que él le dijo, al amanecer, mientras caminaban por la playa, junto al océano... cuándo él la levantó en sus brazos y le susurró:´
"Y aquí te quedarás, hasta que sea la hora de que te vayas". Entonces ella le preguntó:
"¿Cuándo llegará la hora?". Pero él no contestó. Así que no volvió a preguntárselo. Ella es orgullosa.



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